viernes, junio 25, 2010

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Quién sabe

viernes, marzo 07, 2008

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Quién sabe si debiera…
tal vez sería mejor
dejar así las cosas y abandonar el juego
olvidar al que he sido
desatar las amarras
y acabar
con la lucha de lo que quiero y puedo.

Quién sabe si debiera…
mañana tiene gusto de ayer
y la memoria
se pasea por el fondo de un río sin orillas
agazapada y frágil
tímidamente oscura
temerosa del fuego que consume la risa.

Quién sabe si debiera…
jamás han sido buenas las segundas partes
y continuar
a veces es solo una manera
así como la pluma que se entrega al viento
de ceder el control al destino de turno
y no asumir el costo de derribar fronteras.

Quién sabe si pudiera…

20/02/08




lunes, diciembre 24, 2007

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Desde hace ya mucho tiempo, el espíritu navideño me ha dejado de lado (o yo lo dejé a él seguramente) pero no puedo ser tan turro como para no tener un buen deseo para todas y todos los y las que pasan por aquí a leer las cosas que escribo.

Por eso les deseo que tengan una Noche Buena más parecida a esta...



... que a esta.




MUCHAS FELICIDADES PARA TOD@S!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

lunes, octubre 08, 2007

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UNIÓN IÓNICA

viernes, agosto 17, 2007

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Tal vez sea una locura. Tal vez no. A decir verdad, no es tan descabellado que una adolescente de dieciséis se interese (aunque no fuera más que por curiosidad) en un cuarentón divorciado como él. Al fin y al cabo no es tan viejo. Además, él posee la sabiduría y la experiencia que ninguno de los jovencitos que revolotean a su alrededor puede ofrecerle.

Ella es tan hermosa. Su piel resume fragancias e ilusiones jamás imaginadas. Sus ojos son la puerta abierta a un mundo lejano y olvidado. Sus labios fueron diseñados para el beso y sus manos, para deslizarse sobre el papel moldeando palabras irreprochablemente bellas. Lo turba la espuma de sus senos, asomados apenas a un tímido escote. No cabe resistencia ante la sencillez de su cuello, o la sinuosidad de su cintura, o la generosidad de sus caderas. Evidentemente, la ha observado con minu-ciosidad, con inescrupuloso detalle. La ha contemplado como quien admira y desea lo que nunca podrá poseer. Puede distinguirla entre millones con solo oír el ritmo de sus pasos, el preciso y monótono compás que ilumina sus tardes, alrededor de las tres, cuando comienza la clase y su figura inquietante aparece en el umbral. Él la saluda embelesado y ella toma asiento en la primera fila.

“Un metal y un metaloide se unen mediante un intercambio de electrones desde el primero hacia el segundo” reza él, mientras ella cruza las piernas y toma apuntes en su cuaderno. “El metal entrega electrones y adquiere carga positiva, en tanto que el metaloide los recibe y se carga negativamente...”. ¡Y que me lleve el diablo si él no está cargado! Ella mordisquea el capuchón de la birome, dejando asomar la puntita de la lengua entre los labios y reflexiona con pretendido rigor científico al tiempo que lee sus notas. Él la observa en silencio con ojos de cordero degollado y saca sus propias conclusiones. “Paradojas de la ciencia” se dice, “mi deseo es directamente proporcional a su indiferencia y, de unión, ni jota”.

Entonces decide que llegó el momento de actuar. Lentamente se acercará hacia su pupitre e, ignorando al resto de la clase, se inclinará ante ella, rozará su mejilla y, ante la sorpresa de la niña, le mentirá con ternura: “Te amo”. La pequeña eludirá pudorosamente su mirada y, tras un instante de duda, sonreirá cándidamente y se arrojará en sus brazos.

En la quietud de la noche, él se despierta excitado. Una placentera tensión le aviva la entrepierna. Aunque siente el pecho oprimido. No está solo. Descubre a la mujer que duerme a su lado y recuerda. Ella ha regresado y él la ha perdonado. Poco a poco, la niña de dieciséis, de ojos tiernos y piel fragante se diluye en un cóctel de dulzura y confusión. Después de todo, la química es una ciencia empírica.

Vino del Mar - Inti Illimani

miércoles, julio 18, 2007

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Vino del mar
(Patricio Manns - Manuel Meriño)

Vino del mar
envuelta en agua azul,
la trajo el viento del más allá,
dormida en las
olas de espuma y sal
sobre su propia herida mortal.

Vino del mar
con una cicatriz
que dividía su pecho en dos,
trazada por
un furioso puñal
que eternizó su indefensión.

Vino del mar
más blanca que la sal
hacia la oscura arteria de mi amor
y allí quedó
muerta en la playa gris
bajo un fulgor crepuscular.

Vino del mar
más negra que el carbón
para alumbrar la noche de mi amor
y allí encendió
un fuego sin furor
para entibiar mi corazón.

Vino del mar
y era una estrella azul
danzando en altas olas de sal.

(Volviste a mí
porque me ataste
al nudo de la eternidad.)

(2002)

LO RECUERDO BIEN

jueves, junio 14, 2007

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Tomé su mano
lo recuerdo bien
conciente de que ya no era mi mano
conciente de que ya su mundo me era ajeno
y que tal vez jamás volvería a disfrutar de su sonrisa.
Ya no me diría te amo
ni lloraría por mí.
Ya no esperaría mi regreso ni despertaría a mi lado.
Lo recuerdo bien
porque aquella certidumbre
fue una daga de hielo que el adiós clavaba en mi memoria
para que ya nunca pudiera alejar su recuerdo
para que cada sol me trajera su luz
y solo la suya
para que el más mínimo detalle de mi futuro
tuviera su marca en el orillo.
Lo recuerdo muy bien.
Tomé su mano
sabiendo que ya no habría más despedidas
y me traje el calor y la suavidad de su piel morena
para siempre
entre las palmas.

Víktor Huije


jueves, mayo 17, 2007

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ÚLTIMA FUNCIÓN

miércoles, mayo 16, 2007

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Las discusiones violentas en su hogar existían desde que él tenía memoria. En ocasiones, el detonante podía ser una camisa mal planchada. Otras, la llave de luz que no funcionaba, el sueldo miserable de papá, el gusto por los chismes de mamá... Los motivos nunca faltaban. A las seis de la tarde, cuando papá regresaba de la fábrica, daba comienzo el perverso ritual que no por cotidiano dejaba de ser fastidioso y enervante. Los fines de semana, las funciones tenían horario sorpresa. ¿Recurrir al diálogo para ponerle fin a las peleas? Imposible. Y no solo porque papá fuera un tipo irracional e ignorante. Mamá no le iba en saga. A lo largo de sus largos diecisiete años, Valentín había comprendido que no podía tomar partido por ninguno de los dos. Sus padres lo avergonzaban. Todo el barrio era testigo de los lamentables espectáculos vespertinos y, cuando salía a la calle sentía las miradas compasivas en su espalda. Nunca recibían visitas. No tenían amigos. Y cuando las discusiones se volvían demasiado estridentes, Valentín apenas podía sofocar los gritos de sus padres con los de Valeria Lynch. Los vecinos los llamaban “los locos del segundo”.

Siempre vestido de negro, de aspecto desgarbado, pálido y taciturno, en la escuela Valentín era un alumno mediocre al que le costaba relacionarse con sus compañeros y profesores. No sin justa razón, todos opinaban que era al menos un “chico raro”. Incluso se comenta que en una oportunidad llegó al colegio con un arma escondida en la mochila. Nadie puede dar fe de ello, pero todos “saben” que es verdad.

El arma puede que haya sido una veintidós que papá solía esconder en un cajón de la vieja cómoda que amoblaba el deslucido comedor del departamento familiar. La misma arma con la que diariamente mamá acostumbraba amenazar de muerte a papá, justo en el momento en que su falta de argumentos se tornaba demasiado evidente. Nunca había llegado a disparar, pero el muchacho sabía que no era necesario tentar a la suerte. Temeroso de una muy posible desgracia, hacía dos años que Valentín le había quitado las balas y cada día a la hora de la siesta verificaba que los cartuchos continuaran en su caja.

Sin embargo, una tarde de domingo (silencioso, tedioso y deprimente como todos los domingos), luego de escuchar a las vecinas del cuarto piso chusmeando de ventana a ventana como si tal cosa, Valentín decidió tomar cartas en el asunto y hacer algo para cambiar esta historia.

Papá todavía dormía la siesta. Mamá dormitaba sentada en la cocina después de haber lavado los platos. “Es un escándalo” había dicho una de las vecinas. “Y nada bueno se puede esperar de ese chico, que camina siempre como un alma en pena” había respondido la otra. “¡También! ¡Con el ambiente en el que se está criando!”. ¿Nada bueno? Él les iba a mostrar todo lo bueno que se podía esperar de él.

Salió de su cuarto sin hacer ruido, reconfortado por el frío de las baldosas en contacto con sus pies descalzos. El tiempo comenzó a volverse más y más lento. El corredor estaba en penumbras, apenas iluminado por el resplandor que llegaba desde la cocina, junto a los ronquidos de mamá. Entró en el comedor, abrió el cajón de la cómoda y vio el arma, oscura y deslucida. Los minutos se alargaban como chicle. Debajo de unos manteles estaba la cajita con las balas. La tomó con sumo cuidado. Verificó cuidadosamente su contenido y, luego de un breve instante de indecisión, extrajo una. Sólo una. La pequeña bala sí era brillante. La tomó entre su pulgar y su índice izquierdos, la elevó hasta la altura de sus ojos y se dejó subyugar por sus reflejos dorados. Con la mano derecha, aferró la pistola y como en trance abrió el tambor, colocó la bala y lo cerró, resistiendo el impulso hollywoodense de hacerlo girar como en una ruleta rusa. En esta historia no habría azar. El proyectil quedó preparado para ser disparado al primer intento. Miró a su alrededor, prestando atención a cada detalle. Como una despedida. No pudo evitar que un frío le recorriera la espina. El brazo derecho se le puso rígido y la garganta se le secó sin que se diera cuenta del cómo ni el por qué. Alzó la pistola e introdujo el cañón en su boca. Recordó el jarabe para la tos que mamá le daba cuando chico. Este remedio también era amargo. La ventana que daba a la calle daba paso a una luz hostil que lo obligaba a fruncir el ceño. “Es hora” se dijo a sí mismo y su cerebro dio la orden de accionar el gatillo. Pero su índice no respondió al mandato. El tiempo se había detenido por completo. “Ya es hora” se repitió una y otra vez, con una voz que se le antojaba cada vez más lejana. Pero el índice siguió obstinado en su inacción. De pronto, un sonido ríspido y desagradable puso en funcionamiento otra vez el tiempo detenido. Era la tos carrasposa de papá acercándose por el corredor. Su brazo se apresuró a colocar la veintidós nuevamente en su lugar y con indisimulable torpeza cerró el cajón.

Valentín se chocó con papá justo en la puerta del comedor e ignoró algún reproche soñoliento. El corazón bombeaba enloquecido. La sequedad de la garganta se extendía ya hasta el estómago. Se encerró en su cuarto una vez más... o eso era lo que pretendía. Pero el encierro era más opresor que de costumbre y, sin poder resistirlo, huyó de allí como un poseso.

Cuando pasó frente a la puerta de la cocina alcanzó a ver a su madre incorporándose de la silla como si estuviera borracha. Salió del departamento y subió escaleras arriba en busca de aire fresco. Y mientras Valentín corría en pos de un respiro, en el departamento del segundo piso daba comienzo el folletín de todos los días.

- ¡Raquel! ¿Qué carajo hiciste con el diario?

- ¿Para qué lo querés? Si ni sabés leer, viejo ignorante.

Valentín ya llegaba al tercero. Jadeando por la prisa, contaba los escalones. Solo faltaban dos pisos para llegar a la terraza.

- ¿Dónde lo pusiste? ¡Mierda!

- Mierda tenés en la cabeza.

Y en el preciso instante en que papá le daba la primera bofetada de la tarde a mamá porque “a mí me vas a respetar”, Valentín llegaba a la terraza y se llenaba los pulmones de aire fresco. El sol era enceguecedor y cálido. En cualquier otro contexto, Valentín hasta hubiera podido sentirse feliz, libre, esperanzado... pero de todos modos bien valía la pena la pantomima. Extendió los brazos y, cerrando los ojos de cara al cielo, comenzó a girar y a girar... como en las novelas.

Entretanto, mamá amenazaba de muerte a papá por primera vez en la tarde. Lo miraba fijamente a los ojos y le escupía todo tipo de insultos con la típica voz que destila veneno. Su repertorio era de lo más variado, partiendo de la mención de la entrepierna de la abuela y pasando por cierta pulsión masturbatoria de papá, sin omitir (por supuesto) su supuesto y nunca comprobado gusto por los señores. En definitiva, el repertorio de siempre, que hacía las delicias de las comadres del vecindario.

Cuando papá se abalanzaba sobre mamá para la segunda bofetada, Valentín (sin conciencia de lo que estaba haciendo) llegaba al borde de la terraza y se montaba con dificultad sobre el pequeño muro que lo separaba del abismo. Ni aun cuando mordía el cañón de la pistola la palabra suicidio había cobrado un sentido concreto dentro de su mente. Tampoco en ese momento en que cabalgaba sobre la pared a más de veinte metros de altura con la brisa fresca en pleno rostro.

Tres pisos más abajo, mamá seguía desgranando su verba de letrina mientras paso a paso se iba acercando a la cómoda. Lo de todas las tardes. Papá oía los insultos y se enardecía. No se sabe si a raíz de la humillación que le infligían o de la agobiante monotonía de aquel paso de comedia que ambos habían representado durante ya demasiados años. Tal vez por eso no se inmutó cuando mamá abrió el cajón y extrajo la pistola, encañonándolo como solía hacerlo casi a diario. Con la mirada y el pecho llenos de odio, se recostó contra la ventana que daba a la calle, reservando fuerzas y a la espera del momento justo para desatar nuevamente su violencia contenida.

Valentín ya se había encaramado sobre el muro y miraba los techos de la ciudad con inusitada fascinación. En aquella inmensidad debía haber algún sitio donde alguien como él pudiera ser feliz. Todo fue como una revelación. No todo estaba perdido. Solo precisaba darle impulso a esa extraña euforia que empezaba a nacer en su pecho. ¡Mierda! ¡Uno no puede morirse a los diecisiete años!

Entonces sucedió.

Un pie que trastabilla y el vacío que se abre ante sus ojos.

El tiempo volvió a ralentarse y apenas un segundo le bastó para clarificar sus ideas y hallarle un definitivo sentido a la existencia. “Dios está de mi lado” pensó. El bar de la planta baja había desplegado su toldo a rayas rojas y blancas. Imposible no verlo. Más imposible no esperanzarse. Hizo un esfuerzo por colocar su cuerpo en posición horizontal y así amortiguar el choque al final de la caída. ¿Qué duda cabía de que Dios estaba de su lado?

Sin embargo, al pasar frente a la ventana del segundo piso, su conciencia se apagó definitivamente. La sangre apenas dejó huellas sobre las rayas blancas y el cuerpo de Valentín quedó tendido para siempre con la cabeza colgando en el vacío y los ojos muy abiertos, como asomado a un futuro que ya nunca habría de ser.

Mamá se había salido del libreto y al fin había apretado el gatillo.

Víktor Huijde. Buenos Aires, 22 de abril de 2005

HUELLAS

sábado, abril 14, 2007

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Soy tan pequeño
aunque parezca grande...
tan poca cosa.
Apenas una espuma que se expande
y a la primera brisa
se transforma en nada.

Tan solo soy
un enano
con los pies gigantes.

Víktor Huije, Haedo, 13 de abril de 2007