
Las discusiones violentas en su hogar existían desde que él tenía memoria. En ocasiones, el detonante podía ser una camisa mal planchada. Otras, la llave de luz que no funcionaba, el sueldo miserable de papá, el gusto por los chismes de mamá... Los motivos nunca faltaban. A las seis de la tarde, cuando papá regresaba de la fábrica, daba comienzo el perverso ritual que no por cotidiano dejaba de ser fastidioso y enervante. Los fines de semana, las funciones tenían horario sorpresa. ¿Recurrir al diálogo para ponerle fin a las peleas? Imposible. Y no solo porque papá fuera un tipo irracional e ignorante. Mamá no le iba en saga. A lo largo de sus largos diecisiete años, Valentín había comprendido que no podía tomar partido por ninguno de los dos. Sus padres lo avergonzaban. Todo el barrio era testigo de los lamentables espectáculos vespertinos y, cuando salía a la calle sentía las miradas compasivas en su espalda. Nunca recibían visitas. No tenían amigos. Y cuando las discusiones se volvían demasiado estridentes, Valentín apenas podía sofocar los gritos de sus padres con los de Valeria Lynch. Los vecinos los llamaban “los locos del segundo”.
Siempre vestido de negro, de aspecto desgarbado, pálido y taciturno, en la escuela Valentín era un alumno mediocre al que le costaba relacionarse con sus compañeros y profesores. No sin justa razón, todos opinaban que era al menos un “chico raro”. Incluso se comenta que en una oportunidad llegó al colegio con un arma escondida en la mochila. Nadie puede dar fe de ello, pero todos “saben” que es verdad.
El arma puede que haya sido una veintidós que papá solía esconder en un cajón de la vieja cómoda que amoblaba el deslucido comedor del departamento familiar. La misma arma con la que diariamente mamá acostumbraba amenazar de muerte a papá, justo en el momento en que su falta de argumentos se tornaba demasiado evidente. Nunca había llegado a disparar, pero el muchacho sabía que no era necesario tentar a la suerte. Temeroso de una muy posible desgracia, hacía dos años que Valentín le había quitado las balas y cada día a la hora de la siesta verificaba que los cartuchos continuaran en su caja.
Sin embargo, una tarde de domingo (silencioso, tedioso y deprimente como todos los domingos), luego de escuchar a las vecinas del cuarto piso chusmeando de ventana a ventana como si tal cosa, Valentín decidió tomar cartas en el asunto y hacer algo para cambiar esta historia.
Papá todavía dormía la siesta. Mamá dormitaba sentada en la cocina después de haber lavado los platos. “Es un escándalo” había dicho una de las vecinas. “Y nada bueno se puede esperar de ese chico, que camina siempre como un alma en pena” había respondido la otra. “¡También! ¡Con el ambiente en el que se está criando!”. ¿Nada bueno? Él les iba a mostrar todo lo bueno que se podía esperar de él.
Salió de su cuarto sin hacer ruido, reconfortado por el frío de las baldosas en contacto con sus pies descalzos. El tiempo comenzó a volverse más y más lento. El corredor estaba en penumbras, apenas iluminado por el resplandor que llegaba desde la cocina, junto a los ronquidos de mamá. Entró en el comedor, abrió el cajón de la cómoda y vio el arma, oscura y deslucida. Los minutos se alargaban como chicle. Debajo de unos manteles estaba la cajita con las balas. La tomó con sumo cuidado. Verificó cuidadosamente su contenido y, luego de un breve instante de indecisión, extrajo una. Sólo una. La pequeña bala sí era brillante. La tomó entre su pulgar y su índice izquierdos, la elevó hasta la altura de sus ojos y se dejó subyugar por sus reflejos dorados. Con la mano derecha, aferró la pistola y como en trance abrió el tambor, colocó la bala y lo cerró, resistiendo el impulso hollywoodense de hacerlo girar como en una ruleta rusa. En esta historia no habría azar. El proyectil quedó preparado para ser disparado al primer intento. Miró a su alrededor, prestando atención a cada detalle. Como una despedida. No pudo evitar que un frío le recorriera la espina. El brazo derecho se le puso rígido y la garganta se le secó sin que se diera cuenta del cómo ni el por qué. Alzó la pistola e introdujo el cañón en su boca. Recordó el jarabe para la tos que mamá le daba cuando chico. Este remedio también era amargo. La ventana que daba a la calle daba paso a una luz hostil que lo obligaba a fruncir el ceño. “Es hora” se dijo a sí mismo y su cerebro dio la orden de accionar el gatillo. Pero su índice no respondió al mandato. El tiempo se había detenido por completo. “Ya es hora” se repitió una y otra vez, con una voz que se le antojaba cada vez más lejana. Pero el índice siguió obstinado en su inacción. De pronto, un sonido ríspido y desagradable puso en funcionamiento otra vez el tiempo detenido. Era la tos carrasposa de papá acercándose por el corredor. Su brazo se apresuró a colocar la veintidós nuevamente en su lugar y con indisimulable torpeza cerró el cajón.
Valentín se chocó con papá justo en la puerta del comedor e ignoró algún reproche soñoliento. El corazón bombeaba enloquecido. La sequedad de la garganta se extendía ya hasta el estómago. Se encerró en su cuarto una vez más... o eso era lo que pretendía. Pero el encierro era más opresor que de costumbre y, sin poder resistirlo, huyó de allí como un poseso.
Cuando pasó frente a la puerta de la cocina alcanzó a ver a su madre incorporándose de la silla como si estuviera borracha. Salió del departamento y subió escaleras arriba en busca de aire fresco. Y mientras Valentín corría en pos de un respiro, en el departamento del segundo piso daba comienzo el folletín de todos los días.
- ¡Raquel! ¿Qué carajo hiciste con el diario?
- ¿Para qué lo querés? Si ni sabés leer, viejo ignorante.
Valentín ya llegaba al tercero. Jadeando por la prisa, contaba los escalones. Solo faltaban dos pisos para llegar a la terraza.
- ¿Dónde lo pusiste? ¡Mierda!
- Mierda tenés en la cabeza.
Y en el preciso instante en que papá le daba la primera bofetada de la tarde a mamá porque “a mí me vas a respetar”, Valentín llegaba a la terraza y se llenaba los pulmones de aire fresco. El sol era enceguecedor y cálido. En cualquier otro contexto, Valentín hasta hubiera podido sentirse feliz, libre, esperanzado... pero de todos modos bien valía la pena la pantomima. Extendió los brazos y, cerrando los ojos de cara al cielo, comenzó a girar y a girar... como en las novelas.
Entretanto, mamá amenazaba de muerte a papá por primera vez en la tarde. Lo miraba fijamente a los ojos y le escupía todo tipo de insultos con la típica voz que destila veneno. Su repertorio era de lo más variado, partiendo de la mención de la entrepierna de la abuela y pasando por cierta pulsión masturbatoria de papá, sin omitir (por supuesto) su supuesto y nunca comprobado gusto por los señores. En definitiva, el repertorio de siempre, que hacía las delicias de las comadres del vecindario.
Cuando papá se abalanzaba sobre mamá para la segunda bofetada, Valentín (sin conciencia de lo que estaba haciendo) llegaba al borde de la terraza y se montaba con dificultad sobre el pequeño muro que lo separaba del abismo. Ni aun cuando mordía el cañón de la pistola la palabra suicidio había cobrado un sentido concreto dentro de su mente. Tampoco en ese momento en que cabalgaba sobre la pared a más de veinte metros de altura con la brisa fresca en pleno rostro.
Tres pisos más abajo, mamá seguía desgranando su verba de letrina mientras paso a paso se iba acercando a la cómoda. Lo de todas las tardes. Papá oía los insultos y se enardecía. No se sabe si a raíz de la humillación que le infligían o de la agobiante monotonía de aquel paso de comedia que ambos habían representado durante ya demasiados años. Tal vez por eso no se inmutó cuando mamá abrió el cajón y extrajo la pistola, encañonándolo como solía hacerlo casi a diario. Con la mirada y el pecho llenos de odio, se recostó contra la ventana que daba a la calle, reservando fuerzas y a la espera del momento justo para desatar nuevamente su violencia contenida.
Valentín ya se había encaramado sobre el muro y miraba los techos de la ciudad con inusitada fascinación. En aquella inmensidad debía haber algún sitio donde alguien como él pudiera ser feliz. Todo fue como una revelación. No todo estaba perdido. Solo precisaba darle impulso a esa extraña euforia que empezaba a nacer en su pecho. ¡Mierda! ¡Uno no puede morirse a los diecisiete años!
Entonces sucedió.
Un pie que trastabilla y el vacío que se abre ante sus ojos.
El tiempo volvió a ralentarse y apenas un segundo le bastó para clarificar sus ideas y hallarle un definitivo sentido a la existencia. “Dios está de mi lado” pensó. El bar de la planta baja había desplegado su toldo a rayas rojas y blancas. Imposible no verlo. Más imposible no esperanzarse. Hizo un esfuerzo por colocar su cuerpo en posición horizontal y así amortiguar el choque al final de la caída. ¿Qué duda cabía de que Dios estaba de su lado?
Sin embargo, al pasar frente a la ventana del segundo piso, su conciencia se apagó definitivamente. La sangre apenas dejó huellas sobre las rayas blancas y el cuerpo de Valentín quedó tendido para siempre con la cabeza colgando en el vacío y los ojos muy abiertos, como asomado a un futuro que ya nunca habría de ser.
Mamá se había salido del libreto y al fin había apretado el gatillo.
Víktor Huijde. Buenos Aires, 22 de abril de 2005